lunes, 14 de febrero de 2011

DE EXPLOSIONES



En dos se divide entonces la máscara. Se estrella y quiebra en sucesiones sin tiempo. En un mismo símbolo atrae hacia sí la consecuencia y la causa.

En esa imagen batalla el orador cuando contempla la obra.
Se puede ver transportado a una significación instantánea, porque así se lo ordena la costumbre.
Pero siempre existe una vía alternativa: es la que queda demolida al momento de construir arácnidamente esa significación.
Es la articulación entre el encuentro con el objeto y su clasificación, acomodamiento y “comprensión”.

Revolotea un rostro en caída, una mueca que grita y cae en un vacío total.
La acompaña un cuerpo de poroto desgarrado, de perla quebrada, de globo deformado.

¿Es válido jugar a crear significados desde una obra que compone un universo? ¿Puede el escritor adueñarse de la pura imagen, como el agricultor de la tierra o el carpintero de la madera, y absorberla para sí, vomitando palabras y creando símbolos?
Quien escribe estos signos e intenta purgar su pecho anhelante cree que sí. Que es una de las actividades más hermosas que puede existir.
Sin embargo, hay un sin-rostro que no desea ocultarse, hay una premisa que no se encuentra tras el mostrador escondida, ni en el sótano de una antigua casa camuflada. Hay un grito que no busca ahogarse ni acallarse…

Húndese dentro de sí misma la máscara quebrada, el cuerpo de poroto, las rasgaduras y el éter oscuro.
Brota luego del parpadeo una nueva sacudida al pobre cuerpo del orador. Su rostro se deforma alimonado, abrense sus ojos anchos, y esboza la mueca del iniciado, del feliz, del que mira y contempla.
Bulle el magma sin luz, crepita el universo, y se sacude el orador.
Y como si nada hubiera ocurrido, como si siempre hubiera estado allí, se plasma en calma la nueva imagen para él.

Y ese as que no escondo (y ahora hablo en primera persona) es el de mi propia escritura.
Escribo para descomprimir, para vaciar mi cuerpo del cosquilleo que se acumula en mi pecho. De esa sensación de explosión que la vida hace experimentar en su total voluptuosidad.
Escribo y me miento, pongo en signos lo que no lo posee, engaño a mi mente con cosas que puedo nombrar, en tareas que puedo concebir.
Uso palabras vacías, para nombrar lo innombrable. Como quien dice AMOR, creyendo poder representar ese universo de sensaciones que nos atraviesan, y evitar caer en la locura al no poder aprisionar el vuelo del alma. ¿Acaso esa insignificante, breve y descolorida palabra puede ser capaz de nuclear todas las energías con las que se la conecta? Parece muy poco…
Con ese reconocimiento expreso se filtran de mí los términos, las expresiones, los giros idiomáticos que utilizo. Se asemejan a mis desechos, al campo de batalla luego de la brutal carnicería, a los restos de comida en un plato, ya finalizada la cena.
Siendo así de tardía la llegada de mi pluma al papel, es igual de deshonesta. Esto, puesto que desvía al que lee de cualquier conocimiento real de lo que está detrás de ellas, de las palabras.
Porque de mi solo brotan gritos, risa, raíces sin rumbo, ramas y ramificaciones hasta el infinito, sacudones, embestidas, ascensos y descensos de anhelos, vida nueva, muerte vieja, gestos y morisquetas. Por eso… ¡NO LEAN MIS TEXTOS!

Y sin grandes presentaciones, sin impasses de congratulación, se plasma en el fondo negro un nuevo símbolo (¿o el mismo?) para el artesano.
Un rostro inflado, con nariz redonda y prominente. La calvicie avanzada y un bigote corto y dominado. De perfil, esta cabeza rechoncha está unida a un pájaro en vuelo que se desprende de su hipotálamo, y trata de batir sus alas abiertas.
Como dulce espectadora, una rosa blanca se dibuja por detrás de ellos, naciendo de lo más profundo del vacío, y transitando la escena como protagonista casual.
El hombre ríe, y el pájaro se agita. La rosa apesta su perfume, porque es su fin y su destino.
El orador los contempla, y como niño grita y agita los codos.
El hombre lo observa, el pájaro deja de aletear, y la rosa no apesta.
El orador sonríe, levanta las cejas y se toca las orejas con las manos.
El pájaro duda con su ala derecha, parece que comenzará su movimiento. Al final, sólo defeca la oreja del hombre. Éste mueve su bigote y estornuda.
La rosa, la solitaria, se marchita y sus pétalos comienzan a desprenderse.
El orador llora, hace berrinches ruidosos y golpea los puños contra las rodillas.
Luego se detiene, porque le ha brotado una colorida mariposa de la boca. Se avergüenza, y se dibujan en sus mejillas dos círculos escarlata.


Inspirado en una visita a la casa del pan, y en una pintura de un gran amigo, Pedro.
*La editorial de Derroteros de un caminante agradece la generosa y gratuita cesión de derechos de imagen que la bella y oscura Chucrut nos ha obsequiado de su gatuno cuerpo. ¡Larga vida a Chucrut!

lunes, 7 de febrero de 2011

VOLUNTARIO



Toma la maceta y la acerca a su cuerpo. Abraza la misma con sus dos piernas y comienza a observar las hermosas hojas dentadas que se encuentran a centímetros de su rostro. Se detiene en sus ramas, sus uniones con el tallo principal, el color verde en sus distintas gamas y con diversas sombras y luces… todo desfila ante sus alegres ojos.
La revisión de rutina esta presta a comenzar, pero sucede algo extraño. Mientras su vista percibe perfectas representaciones de la planta que tiene enfrente, todo se paraliza en la punta de una hoja que se presenta amarilla, denotando alguna carencia. En ese preciso instante, cuando esta dando cuenta de la textura de la misma, nota que hay algo que lo ha abandonado. La sensación es tal, que requiere de ciertos momentos para entender a que remite esa sensación conceptualizada de abandono.
Al cabo, luego de un esfuerzo, entiende.
Peina sus barbas y medita…
No recuerda que precede a la imagen de la hoja.
Pero eso se desvanece junto con todo lo demás. El desmoronamiento de la causa de “hoja” es, en sucesiones incomprensibles para el tiempo, la sentencia de que ya no hay hilo continuo. Ya no hay telaraña, ni antes, menos después. Trunco el camino, por no ser.
Sin eslabón previo a la punta amarilla, ya tampoco hay tal. Quizás la caída de uno rompe el hechizo, desnudando su innata fragilidad…
Y como todo buen mago sabe, el truco sólo funciona cuando todos los movimientos se encuentran en perfecto composé. Si cae uno, caen todos. Sin antes de hoja, ya no hay hoja.
Esta aseveración extiende el dispositivo de caída al resto de los elementos fugitivos, espacio y causalidad.
Sin antes ni después no hay causalidad posible.
¿Qué queda pues? Queda sólo lo que anhela, y de tanto anhelar logra contemplar. Foto, tras foto, tras foto. Eso queda con el anhelo.
Pero la imagen permanece vacía, no capta un momento recortado del tiempo. No atraviesa como tangente una marea temporal que lo antecede y otra que la sucede.
Sino que se autosatisface. Es por sí, y en sí.
Como unicidad autosatisfactiva, troca en totalidad.
Y siendo pura representación del único espectador, no es otra que la más adecuada de todas, la Idea. Por que está fuera de todo tiempo, espacio y causalidad.
Entonces ya no hay hoja con punta amarilla; ni fuego ni roca para un taoísta; sino sólo una eternidad grosera, sin límites ni “diferencias”. Y como el griego dijo: sea el tiempo sólo la imagen móvil de la eternidad…
Sin embargo, retornando a nuestra pregunta anterior, y siendo sincero… ¿que queda pues? Queda todo lo que una palabra como las que escribo jamás podrá expresar, quizás a lo sumo, señalar sin mirar.

voluntario, ria. (Del lat. voluntarĭus).
1. adj. Que nace de la voluntad…