lunes, 7 de febrero de 2011

VOLUNTARIO



Toma la maceta y la acerca a su cuerpo. Abraza la misma con sus dos piernas y comienza a observar las hermosas hojas dentadas que se encuentran a centímetros de su rostro. Se detiene en sus ramas, sus uniones con el tallo principal, el color verde en sus distintas gamas y con diversas sombras y luces… todo desfila ante sus alegres ojos.
La revisión de rutina esta presta a comenzar, pero sucede algo extraño. Mientras su vista percibe perfectas representaciones de la planta que tiene enfrente, todo se paraliza en la punta de una hoja que se presenta amarilla, denotando alguna carencia. En ese preciso instante, cuando esta dando cuenta de la textura de la misma, nota que hay algo que lo ha abandonado. La sensación es tal, que requiere de ciertos momentos para entender a que remite esa sensación conceptualizada de abandono.
Al cabo, luego de un esfuerzo, entiende.
Peina sus barbas y medita…
No recuerda que precede a la imagen de la hoja.
Pero eso se desvanece junto con todo lo demás. El desmoronamiento de la causa de “hoja” es, en sucesiones incomprensibles para el tiempo, la sentencia de que ya no hay hilo continuo. Ya no hay telaraña, ni antes, menos después. Trunco el camino, por no ser.
Sin eslabón previo a la punta amarilla, ya tampoco hay tal. Quizás la caída de uno rompe el hechizo, desnudando su innata fragilidad…
Y como todo buen mago sabe, el truco sólo funciona cuando todos los movimientos se encuentran en perfecto composé. Si cae uno, caen todos. Sin antes de hoja, ya no hay hoja.
Esta aseveración extiende el dispositivo de caída al resto de los elementos fugitivos, espacio y causalidad.
Sin antes ni después no hay causalidad posible.
¿Qué queda pues? Queda sólo lo que anhela, y de tanto anhelar logra contemplar. Foto, tras foto, tras foto. Eso queda con el anhelo.
Pero la imagen permanece vacía, no capta un momento recortado del tiempo. No atraviesa como tangente una marea temporal que lo antecede y otra que la sucede.
Sino que se autosatisface. Es por sí, y en sí.
Como unicidad autosatisfactiva, troca en totalidad.
Y siendo pura representación del único espectador, no es otra que la más adecuada de todas, la Idea. Por que está fuera de todo tiempo, espacio y causalidad.
Entonces ya no hay hoja con punta amarilla; ni fuego ni roca para un taoísta; sino sólo una eternidad grosera, sin límites ni “diferencias”. Y como el griego dijo: sea el tiempo sólo la imagen móvil de la eternidad…
Sin embargo, retornando a nuestra pregunta anterior, y siendo sincero… ¿que queda pues? Queda todo lo que una palabra como las que escribo jamás podrá expresar, quizás a lo sumo, señalar sin mirar.

voluntario, ria. (Del lat. voluntarĭus).
1. adj. Que nace de la voluntad…

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