miércoles, 8 de febrero de 2012

CARTAS - I


Querido José:
Pasó que las cosas se dieron para que empezara a correr. Era o la muerte, o el misterio de  yuyos, arbustos y árboles salvajes. Me dirigí directo por el caminito. Llegué a la curva de cornisa. ¡Que susto José! Ahí se me fue la humanidad a las vísceras, me sentí más chiquito que el microbio más insignificante.
Además ya no venía sumando porotos al alma desde que me había ido corriendo. Era como esas aves enclenques que llegan lastimosamente a caminar torcidas en alguna plaza de barrio. ¿Te acordás hermano de esos bailes a los que íbamos, y estaba la chica que te gustaba? ¿Como te dolía el alma cuando te decía que no, y encima la mirabas más y más te gustaba? Mirabas alrededor y los zanguangos bailaban canciones de mierda, se reían y bebían tragos berreta. Y vos sólo pensabas que esa chica era más bella que el sol, que seguro era cariñosa, y que sus besos debían ser cascadas al paraíso. Yo me acuerdo que sensación en el bajo vientre… después te jurabas que nunca más ibas a ir a esas reuniones humanas, que querías pensar en cualquier otra cosa, que querías ser solitario, que te ibas a volver parco, que la vida era para tenerle ironía, para desconfiarle, ¿vio?
Bueno, todo eso en términos de fluidos era lo que me pasó al lado de la cornisa. Crucé más por inercia que por decisión (quizás eso me salvó de caer).

La pasé,
salté la cascadita,
me tropecé;
embarrado defenestré.

Salte dos o tres moluscos…
“¿Es usted pescador, señor?”
“Soy imaginador, mi lord.”

 
Corrí alto,
Subí el cerrito,
trepé;
de una piedra casi derrapé.

Llegué hasta arribita…
“mire usted, su excelentísima majestad,
como me baila linda la oscuridad.”

                                                                              Con cariño...


                                                                                                       Atilio

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