Comienzo a correr muy rápido. Juré que iba a hacerlo alguna vez (tan convencido estaba), y lo logré.
El parque comienza a quedar tras mis pies. Miro hacia abajo, y el piso sólo es un haz verde que representa el suelo.
Allí doy mi primer salto, al unísono con el último compás antes del sólo del contrabajo.
Sigo corriendo y mi pecho se adelanta. Mi mentón se eleva y salto nuevamente. Siento un segundo de parálisis, lanzo inútilmente la orden a mis brazos, que continúan como muertas alas.
Caigo…
No me frustro, porque cruzo a toda velocidad a un linyera barbudo, que asiente convencido mi pasar. "¡Dale Rulo!" me grita... "¡Aguante San Martín de San Juan!" respondo aullando...
Tomo la última fuerza, al ver que se aproxima una curva.
Siendo esto garantía de disminución de velocidad, sé que tengo que volver a intentarlo antes de los siguientes 30 metros .
¡Llénense pulmones, ábrete pecho! ¡Gesto duro y brazos tensos!
Un instante de muerte.
Salto entonces… mi pierna izquierda logra una fuerza perfectamente armónica. Tenso, relajo, y mis brazos toman la fuerza del viento.
Mi mirada fija está en el cielo. A la siniestra del Sol, hay un pequeño grupo de nubes pequeñas, pero compactas.
Recorriendo sus bordes, (dobla, gira y se eriza) me distraigo del continuo hablar del tiempo.
Un brazo, dos alas y plumas multicolores. Agitadas son uno con el viento, sólo una frase perfecta.
Y muevo más y más mis hombros, hasta que los detengo a ambos a la vez.
Mis bralas se despliegan rectas, y me hacen planear, jugando con el viento.
Miro hacia abajo, y cometo el peor error de un novato, porque me asusto a más no poder. Afortunadamente, logro superar el temor muy rápido.
El parque está lejos, y veo los rostros que me observan:
1.- Un señor con un perro viejo (éste último sólo un instante, luego sigue husmeando el suelo);
2.- Un policía, que aclarando la vista, se levanta el sombrero para ver mejor;
3.- Un chofer de taxi, desplazando la vista de las piernas de una bonita muchacha…
Me miran varios, otros no, naturalmente.
Toda mi novedosa sensación de estar remontando el viento, vese suspendida por el hermoso ingreso en mi campo representativo de una bella fémina, que hace monerías frente a mí.
Baila un intento de danza flamenca (medio inventada), y mete un giro sobre sí. ¡Maldición por la belleza!
En ese momento, el maestro apretó el bandoneón.
Su fina pierna se estiró y torció su pantorrilla abrazándose a mi cintura.
Era tanguera nomás…
Sus caderas rectas giran y se mueven con elegante sencillez. Pero una simpleza firme, segura. Mi mente la desea, y mi cuerpo, bailando el último tango, es el más voluptuoso de Buenos Aires.
Dedicado a Miguel, el tanguero que fue mi primer y mejor amigo.
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