martes, 25 de octubre de 2011

RELATO EN DOS PLANOS - Parte III



III


¡Dele Osmar! ¡Cámbiele el aguacate!
Baila la Graciela,
baila el Agustino,
baila el capataz,
y bailo yo contigo…

Suena la orquesta cubana y el muchacho es novel en esos lares. Mira alrededor, y observa la masa de parejas que se agitan al ritmo del son cubano.
Peina su angosto y oscuro bigote… mira para la conserva, y no hay nada… Mira para la zurda, y menos divisa…
De camino al centro, su rabillo capta un brillo que se abre paso entre los danzarines cuerpos. Vuelve instantáneamente y ve a la dama que despide un reflejo del collar de su cuello.
De rojo, corta camino a través de la pista. Juancito mira la estela que deja. Remontándola, comienza a navegar la pista, en dirección a una mesa donde una tenue luz verde ilumina a dos caballeros, de traje gris y sombrero, riendo a carcajadas y bebiendo en una mesa. Junto a ellos, dos coperas los seducen.
Juancito limpia la punta de su botín derecho en el pantalón y con el empellón de la caída del pie sale caminando tras la mujer.
En el camino se le cruza Osvaldito Gómez, que creyendo haberle junado las intenciones, le hace un gesto con el dedo en el ojo. “¡Con cuidado pibe!”. Quien haya vivido los ´50 sabe que en la noche uno tiene que saber escuchar…
Pero Juancito se orina en la advertencia. Piensa: “este idiota que sabe…” Tiene 22 años, su juventud lo hace sentirse invencible. Cada paso es una estocada a la muerte; cada rostro que se cruza, una estación de la vida.
A Juancito no lo para ni el tifus.
A medida que cabalga en sus piernas y se abre paso entre el tumulto danzante, divisa más cerca la mentada mesa, en donde ya está sentado el diablo rojo.

Termina la canción y suben los músicos de tango a acomodarse en el discreto escenario. Mientras Juancito rezumba de guapez, de osadía y de deseo de cazador, un muchacho de pequeñas dimensiones, saca cuidadosamente su bandoneón del estuche.
Lo mira con tanto amor, con tanta fraternidad, que si cualquiera de los asistentes hubiera tenido el ojo afilado, hubierase emocionado también. Primero desliza una mano en el agarre derecho, luego en el izquierdo.
Así tomado por el joven, sale el instrumento a la noche, a las luces tenues y al murmullo de voces profanas, que sueltan sandeces, mentiras y nimiedades a mansalva.

Juancito se acerca, no le tiembla el pulso. Los dos de la mesa ni lo ven. Están muy ocupados con las féminas, beben y ríen, se sacuden como gusanos, gritan, se empujan unos a otros. La diabla roja los mira, resignada. Su boca es ancha y carnosa, suave, brutal.

Juancito se para en frente de la mesa, apoya el borde en su saco gris. Mira a la hembra, y le dice: “vos te venís conmigo…”. Los dos hombres recién se percatan de su presencia cuando lo escuchan decir esto.

En ese instante Astor le da aire al bandoneón. Sus brazos se abren con amor, con delicadeza.

Juancito mira al más rudo a los ojos.

Astor aprieta fuerte el bandoneón, que llora un bello sol bemol.

Suenan dos disparos.

Juancito pisa la calle con un arma en una mano, y con una mujer en la otra.

A lo lejos, un bosque espera. Canta canciones infinitas, se transforma. Habla secretos propios, ¿acaso sabrá de tangos?

martes, 5 de julio de 2011

RELATO EN DOS PLANOS - Parte II



II

Y de sus dedos se desliza una flor. Sus labios regalan una sonrisa, y ya me compró la vida.
Me mira fijo, y el viento la viste orgulloso.
Sigue sonriendo, y muero. Pero revivo al instante, pues quiero ser representación para esa vista.
Un pájaro se le poza en el hombro y juntos ríen.
Ya no me ven, y sólo estoy ante ellos. Aúllo onomatopeyas y salto como un niño, golpeando fuerte el suelo al caer.
El pájaro y ella me observan. Vuelven a reír y el ave vuela lejos.
Lo contemplo irse, transformándose de a poco en una línea negra en el cielo. Y éste está tan claro, tan hermosamente despejado, que yo también río, porque la belleza simple gratifica a los inocentes.
Y cuando la miro otra vez, para gesticularle mi felicidad, ya no hay nadie.
Quedo yo como parte análoga del todo, que está ahí conmigo, o yo ensigo.
Veo el camino que continúa la pradera, y como todo esto no tiene objeto predeterminado comienzo a caminar, siguiéndolo. A la diestra del camino, unos cien metros más adelante, hay un bosque de árboles tupidos, que sé que esperan mi llegada. Sé que siempre lo hacen.
En la copa del árbol más alto, hay sentado un mono, que toca un arpa y me sonríe. La música es suave, pero decidida. El primate, tango toca. Con mi ignorancia, pero con la humilde sapiencia que de Miguelito aprendí, sé que suena Pugliese…
Sin embargo, cuando mi paso se predispone a llevarme allí, divisan mis ojos un pequeño arroyo que corre a la siniestra del camino.
Detengo mis pies, y les ordeno amablemente que hasta la orilla me acerquen.
Al aproximarme, tropiezo con un hormiguero que afortunadamente no piso. Noto como las pequeñas hormigas me miran aterrorizadas, aunque listas para morderme con sus minúsculas fauces, defendiendo así su existencia, su anhelo de vivir.
Esquivo a las pobres, porque no deseo destruir nada, ya suficiente con mis pies sobre el césped.
Al arribar al arroyo, siento una profunda sed. Miro mis manos, y mi deseo se hace realidad. Son una bella vasija de arcilla, color roja… La lleno del transparente líquido, y bebo copiosamente, calmando el fuego que existía en mi garganta.
Ya saciado, camino hacia el bosque lentamente.
La entrada al mismo parece impenetrable, pero la voluntad es diversa a la apariencia.  
De fondo, el mono sigue tocando, pero ahora una del gran Troilo.

CONTINUARÁ…


martes, 28 de junio de 2011

RELATO EN DOS PLANOS - Parte I



I

Comienzo a correr muy rápido. Juré que iba a hacerlo alguna vez (tan convencido estaba), y lo logré.
El parque comienza a quedar tras mis pies. Miro hacia abajo, y el piso sólo es un haz verde que representa el suelo.
Allí doy mi primer salto, al unísono con el último compás antes del sólo del contrabajo.
Sigo corriendo y mi pecho se adelanta. Mi mentón se eleva y salto nuevamente. Siento un segundo de parálisis, lanzo inútilmente la orden a mis brazos, que continúan como muertas alas.
Caigo…
No me frustro, porque cruzo a toda velocidad a un linyera barbudo, que asiente convencido mi pasar. "¡Dale Rulo!" me grita... "¡Aguante San Martín de San Juan!" respondo aullando...
Tomo la última fuerza, al ver que se aproxima una curva.
Siendo esto garantía de disminución de velocidad, sé que tengo que volver a intentarlo antes de los siguientes 30 metros.
¡Llénense pulmones, ábrete pecho! ¡Gesto duro y brazos tensos!
Un instante de muerte.
Salto entonces… mi pierna izquierda logra una fuerza perfectamente armónica. Tenso, relajo, y mis brazos toman la fuerza del viento.
Mi mirada fija está en el cielo. A la siniestra del Sol, hay un pequeño grupo de nubes pequeñas, pero compactas.
Recorriendo sus bordes, (dobla, gira y se eriza) me distraigo del continuo hablar del tiempo.
Un brazo, dos alas y plumas multicolores. Agitadas son uno con el viento, sólo una frase perfecta.
Y muevo más y más mis hombros, hasta que los detengo a ambos a la vez.
Mis bralas se despliegan rectas, y me hacen planear, jugando con el viento.
Miro hacia abajo, y cometo el peor error de un novato, porque me asusto a más no poder. Afortunadamente, logro superar el temor muy rápido.
El parque está lejos, y veo los rostros que me observan:

1.- Un señor con un perro viejo (éste último sólo un instante, luego sigue husmeando el suelo);
2.- Un policía, que aclarando la vista, se levanta el sombrero para ver mejor;
3.- Un chofer de taxi, desplazando la vista de las piernas de una bonita muchacha…

Me miran varios, otros no, naturalmente.
Toda mi novedosa sensación de estar remontando el viento, vese suspendida por el hermoso ingreso en mi campo representativo de una bella fémina, que hace monerías frente a mí.
Baila un intento de danza flamenca (medio inventada), y mete un giro sobre sí. ¡Maldición por la belleza!

En ese momento, el maestro apretó el bandoneón.
Su fina pierna se estiró y torció su pantorrilla abrazándose a mi cintura.
Era tanguera nomás…
Sus caderas rectas giran y se mueven con elegante sencillez. Pero una simpleza firme, segura. Mi mente la desea, y mi cuerpo, bailando el último tango, es el más voluptuoso de Buenos Aires.

Dedicado a Miguel, el tanguero que fue mi primer y mejor amigo.

lunes, 14 de febrero de 2011

DE EXPLOSIONES



En dos se divide entonces la máscara. Se estrella y quiebra en sucesiones sin tiempo. En un mismo símbolo atrae hacia sí la consecuencia y la causa.

En esa imagen batalla el orador cuando contempla la obra.
Se puede ver transportado a una significación instantánea, porque así se lo ordena la costumbre.
Pero siempre existe una vía alternativa: es la que queda demolida al momento de construir arácnidamente esa significación.
Es la articulación entre el encuentro con el objeto y su clasificación, acomodamiento y “comprensión”.

Revolotea un rostro en caída, una mueca que grita y cae en un vacío total.
La acompaña un cuerpo de poroto desgarrado, de perla quebrada, de globo deformado.

¿Es válido jugar a crear significados desde una obra que compone un universo? ¿Puede el escritor adueñarse de la pura imagen, como el agricultor de la tierra o el carpintero de la madera, y absorberla para sí, vomitando palabras y creando símbolos?
Quien escribe estos signos e intenta purgar su pecho anhelante cree que sí. Que es una de las actividades más hermosas que puede existir.
Sin embargo, hay un sin-rostro que no desea ocultarse, hay una premisa que no se encuentra tras el mostrador escondida, ni en el sótano de una antigua casa camuflada. Hay un grito que no busca ahogarse ni acallarse…

Húndese dentro de sí misma la máscara quebrada, el cuerpo de poroto, las rasgaduras y el éter oscuro.
Brota luego del parpadeo una nueva sacudida al pobre cuerpo del orador. Su rostro se deforma alimonado, abrense sus ojos anchos, y esboza la mueca del iniciado, del feliz, del que mira y contempla.
Bulle el magma sin luz, crepita el universo, y se sacude el orador.
Y como si nada hubiera ocurrido, como si siempre hubiera estado allí, se plasma en calma la nueva imagen para él.

Y ese as que no escondo (y ahora hablo en primera persona) es el de mi propia escritura.
Escribo para descomprimir, para vaciar mi cuerpo del cosquilleo que se acumula en mi pecho. De esa sensación de explosión que la vida hace experimentar en su total voluptuosidad.
Escribo y me miento, pongo en signos lo que no lo posee, engaño a mi mente con cosas que puedo nombrar, en tareas que puedo concebir.
Uso palabras vacías, para nombrar lo innombrable. Como quien dice AMOR, creyendo poder representar ese universo de sensaciones que nos atraviesan, y evitar caer en la locura al no poder aprisionar el vuelo del alma. ¿Acaso esa insignificante, breve y descolorida palabra puede ser capaz de nuclear todas las energías con las que se la conecta? Parece muy poco…
Con ese reconocimiento expreso se filtran de mí los términos, las expresiones, los giros idiomáticos que utilizo. Se asemejan a mis desechos, al campo de batalla luego de la brutal carnicería, a los restos de comida en un plato, ya finalizada la cena.
Siendo así de tardía la llegada de mi pluma al papel, es igual de deshonesta. Esto, puesto que desvía al que lee de cualquier conocimiento real de lo que está detrás de ellas, de las palabras.
Porque de mi solo brotan gritos, risa, raíces sin rumbo, ramas y ramificaciones hasta el infinito, sacudones, embestidas, ascensos y descensos de anhelos, vida nueva, muerte vieja, gestos y morisquetas. Por eso… ¡NO LEAN MIS TEXTOS!

Y sin grandes presentaciones, sin impasses de congratulación, se plasma en el fondo negro un nuevo símbolo (¿o el mismo?) para el artesano.
Un rostro inflado, con nariz redonda y prominente. La calvicie avanzada y un bigote corto y dominado. De perfil, esta cabeza rechoncha está unida a un pájaro en vuelo que se desprende de su hipotálamo, y trata de batir sus alas abiertas.
Como dulce espectadora, una rosa blanca se dibuja por detrás de ellos, naciendo de lo más profundo del vacío, y transitando la escena como protagonista casual.
El hombre ríe, y el pájaro se agita. La rosa apesta su perfume, porque es su fin y su destino.
El orador los contempla, y como niño grita y agita los codos.
El hombre lo observa, el pájaro deja de aletear, y la rosa no apesta.
El orador sonríe, levanta las cejas y se toca las orejas con las manos.
El pájaro duda con su ala derecha, parece que comenzará su movimiento. Al final, sólo defeca la oreja del hombre. Éste mueve su bigote y estornuda.
La rosa, la solitaria, se marchita y sus pétalos comienzan a desprenderse.
El orador llora, hace berrinches ruidosos y golpea los puños contra las rodillas.
Luego se detiene, porque le ha brotado una colorida mariposa de la boca. Se avergüenza, y se dibujan en sus mejillas dos círculos escarlata.


Inspirado en una visita a la casa del pan, y en una pintura de un gran amigo, Pedro.
*La editorial de Derroteros de un caminante agradece la generosa y gratuita cesión de derechos de imagen que la bella y oscura Chucrut nos ha obsequiado de su gatuno cuerpo. ¡Larga vida a Chucrut!

lunes, 7 de febrero de 2011

VOLUNTARIO



Toma la maceta y la acerca a su cuerpo. Abraza la misma con sus dos piernas y comienza a observar las hermosas hojas dentadas que se encuentran a centímetros de su rostro. Se detiene en sus ramas, sus uniones con el tallo principal, el color verde en sus distintas gamas y con diversas sombras y luces… todo desfila ante sus alegres ojos.
La revisión de rutina esta presta a comenzar, pero sucede algo extraño. Mientras su vista percibe perfectas representaciones de la planta que tiene enfrente, todo se paraliza en la punta de una hoja que se presenta amarilla, denotando alguna carencia. En ese preciso instante, cuando esta dando cuenta de la textura de la misma, nota que hay algo que lo ha abandonado. La sensación es tal, que requiere de ciertos momentos para entender a que remite esa sensación conceptualizada de abandono.
Al cabo, luego de un esfuerzo, entiende.
Peina sus barbas y medita…
No recuerda que precede a la imagen de la hoja.
Pero eso se desvanece junto con todo lo demás. El desmoronamiento de la causa de “hoja” es, en sucesiones incomprensibles para el tiempo, la sentencia de que ya no hay hilo continuo. Ya no hay telaraña, ni antes, menos después. Trunco el camino, por no ser.
Sin eslabón previo a la punta amarilla, ya tampoco hay tal. Quizás la caída de uno rompe el hechizo, desnudando su innata fragilidad…
Y como todo buen mago sabe, el truco sólo funciona cuando todos los movimientos se encuentran en perfecto composé. Si cae uno, caen todos. Sin antes de hoja, ya no hay hoja.
Esta aseveración extiende el dispositivo de caída al resto de los elementos fugitivos, espacio y causalidad.
Sin antes ni después no hay causalidad posible.
¿Qué queda pues? Queda sólo lo que anhela, y de tanto anhelar logra contemplar. Foto, tras foto, tras foto. Eso queda con el anhelo.
Pero la imagen permanece vacía, no capta un momento recortado del tiempo. No atraviesa como tangente una marea temporal que lo antecede y otra que la sucede.
Sino que se autosatisface. Es por sí, y en sí.
Como unicidad autosatisfactiva, troca en totalidad.
Y siendo pura representación del único espectador, no es otra que la más adecuada de todas, la Idea. Por que está fuera de todo tiempo, espacio y causalidad.
Entonces ya no hay hoja con punta amarilla; ni fuego ni roca para un taoísta; sino sólo una eternidad grosera, sin límites ni “diferencias”. Y como el griego dijo: sea el tiempo sólo la imagen móvil de la eternidad…
Sin embargo, retornando a nuestra pregunta anterior, y siendo sincero… ¿que queda pues? Queda todo lo que una palabra como las que escribo jamás podrá expresar, quizás a lo sumo, señalar sin mirar.

voluntario, ria. (Del lat. voluntarĭus).
1. adj. Que nace de la voluntad…